Los dos lo sabían, había llegado el final. Y si no lo sabían, daba igual. Ella se había quedado sin fichas, jugadora patológica.
Ya no quedaba guerra en la que pelear. Todas las cenizas habían volado lejos. Como Don Quijote, hace tiempo que pelean contra molinos de viento. A gritos, a mordiscos, a lágrimas.
Pero todo se terminó. Se han agotado los momentos por los que merecía la pena aguantar. Han muerto los besos que despertaban las mariposas. Y los que no, agonizan por rutina al abandonar los labios.

Ella se acerca a la ventana y observa con atención la luna. Tan distante, tan pasajera, tan tierra de nadie.
Él sólo piensa en correr. Se apresura para coger su cinturón y mira a su alrededor. No quiere dejar huellas. No soporta la idea de dejar algo de él en el lugar de donde le echan. Espacio tantas veces recorrido y ahora tan extraño.
Ella sonríe, si él supiera que lo que abandona es su cárcel y su condena...
[[Cachitos de papel que aparecen de la nada]]
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